DE LA BUSQUEDA DE LA FELICIDAD:
  • Enrique IV, hastiado de su esposa, solía frecuentar otras compañías que le proporcionaban un placer renovado. Su confesor, harto de la reiteración de su pecado le dijo: No mostrais propósito de enmienda, Sire, así que tengo que recordaros que es un requisito para la absolución que dejéis de visitar otros lechos que no sean el vuestro conyugal. El monarca no respondió nada pero a partir de entonces invitó a comer diariamente a su confesor, habiendo dado órdenes a su cocinero para que al clérigo siempre le sirvieran perdíz. Y así se hizo durante un mes, al cabo del cual el sacerdote mostró su cansancio ante la repetición del mismo manjar. A lo que sonriendo Enrique IV replicó: Ahora véis, reverendo padre, lo que me sucede a mi con la reina.
  • Según algunos historiadores griegos, el rey asirio Sardanápalo, al ser cercada la ciudad de Nçinive por los medos, y antes de ser apresado mandó escribir en las puertas de sus ciudaddes, a fin de mostrar su actitud vital, la siguiente consigna: "Tú que pasas por esta puerta escucha el consejo del rey. Come, bebe, goza. Todo lo demás junto se reduce a nada."
  • Descartes, autor del "Discurso del método", se cuenta que disfrutaba enormemente con los placeres gastronómicos. En cierta ocasión en que almorzaba en un lujoso mesón, un aristócrata se le acerco y le dijo: Veo, señor, que los sesudos pensadores no os priváis de las buenas viandas, pues ese faisán que estáis a punto de comeros tiene aspecto suculento. ¿Desde cuando los sabios hallan tanto placer en las cosas materiales? Y Descartes respondió señalando con el índice a su plato: ¿De verdad creéis que Dios hizo estas maravillas únicamente para que las comieran los idiotas?. Y siguió comiendo tan tranquilo.
  • Se cuenta que Sócrates, antes de sentarse a la mesa se daba grandes caminatas, que en ocasiones se convertían en verdaderas carreras. Cuando alguien le preguntó por la razón de tal costumbre, el filósofo contestó: No poseo fortuna para grandes banquetes, así que aderezo mis frugales platos con una salsa especialque los hace extremadamente apetitosos. El interlocutor no entendiendo que relación tenía aquella respuesta con las caminatas insistió: ¿De qué salsa me hablais?. A lo que Sócrates contestó: Al hambre, al hambre y al ejercicio. A tales salsas no hay forma de resistirse.
  • Dicen los cronistas que Anacreonte de Teos, gran cantor del amor y los placeres de la vida, recibió cinco talentos de oro. Pero pasó toda la noche temeroso y sobresaltado, con miedo a ser robado. Así que por la mañana devolvió el regalo al rey diciendo: Tened, pues no lo estimo tanto como para verme obligado a vivir atado a su posesión; quien es feliz sin él, con él podría ser desgraciado.
  • En cierta ocasión, Carlos IX de Francia preguntó al poeta Torcuato Tasso, quién le parecía era el ser más feliz del Universo, a lo que respondió que sin duda Dios Nuestro Señor. Aceptó el rey sus palabras y añadió: Me refiero a quién entre los mortales, a lo que sin dudarlo el poeta renacentista respondió: ¡Quién más cerca se halle de Dios, majestad! Ese es el más feliz de los humanos.
  • Se dice que estaba Marco Antonio bajo la influencia de Cleopatra y eso le llevaba a olvidar sus deberes, entregado a la molicie. Sus amigos, considerando que el placer es enemigo del soldado, y sabiendo de los planes que Octavio Augusto tramaba en su contra, le enviaron un emisario llamado Geminio. Marco Antonio no quiso escuchar las advertencias y para distraer al enviado le invitó a un gran banquete, pero a la primera oportunidad, Geminio señaló a la reina de Egipto y dijo taxativamente: Déjala y todo irá bien.
  • Georges Duhamel, escritor francés, preguntó a un amigo que se quejaba de cuán difícil resultaba ser feliz: Dime, ¿recuerdas haberlo sido alguna vez en tu vida...? A lo que el amigo respondió que al menos se podía recordar dichoso una docena de veces. Entonces el novelista le aconsejó: No te quejes entonces, porque también puedes ser feliz recordándolo.
  • Aristipo de Cirene, discípulo de Sócrates, y cuya filosofía basaba el sumo bien en el placer y el dominio de las pasiones, se dirigía a Corinto cuando una tormenta puso en peligro la nave. Como el filósofo manifestara su miedo a naufragar, un compañero de viaje le dijo: ¿Cómo tú, hombre de talento, tiemblas ante el riesgo de perder la vida, mientras que yo, que soy ignorante, no tengo miedo? A lo que el filósofo respondió: La explicación está en lo que tú mismo has reconocido, tenemos vidas muy distintas que salvar; a mi no me importaría tampoco perderla si fuera como la tuya.

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