Marguerite Yourcenar (1903-1987) |
Marguerite de Crayencourt (Yourcenar era su pseudónimo literario) nació el 8 de Junio de 1903 en Bruselas. Muere en Estados Unidos cuya nacionalidad había adquirido, el 17 de Diciembre de 1987. Historiadora-poeta y novelista, como se definía ella misma, Marguerite Yourcenar, que también era traductora, ensayista y crítica, fue la primera mujer acogida por la Academia Francesa. |
SU INFANCIA |
Su madre, perteneciente a una familia aristocrática, murió diez días después de darle a luz, por lo que la responsabilidad de cuidar de Marguerite recayó en su padre, un hombre culto que le daba a leer a su hija todo tipo de libros.
Marguerite se familiarizó con los clásicos desde muy pequeña y por voluntad de su padre no acudió a ninguna escuela, sino que recibió educación a través de tutores particulares.
Su padre también le inculcó además de la pasión por la literatura, la pasión por los viajes, de manera que la vida y la obra de Yourcenar se inscriben bajo el signo del desplazamiento incesante. Fue una mujer viajera abierta a todas las fuentes de sabiduría.
|
| SUS AMORES |
Libre de preocupaciones económicas, gracias a la pequeña fortuna materna heredada, viaja por Europa, con largas estancias en Grecia. Allí conoce al escritor André Fraigneau, que trabajaba en la editorial Grasset y del que se enamora sin esperanzas ya que él es homosexual. Estos años quedarán marcados por la pasión imposible hacia un hombre que no la ama.
En 1937, durante una estancia en París, Marguerite Yurcenar conoce a la norteamericana Grace Frick, la persona con la que compartirá su vida. Ese mismo año viajan a Estados Unidos y pasan el invierno juntas. Marguerite regresa a Europa con la promesa de volver, pero el reencuentro se acelera al estallar la Segunda Guerra Mundial, que obliga a la escritora a huir de Francia. Se instala en Nueva York con Grace.
A grace Frick, el amor de su vida, la operaron de un cáncer de pecho en 1958 y desde entonces mantuvo una lucha constante con la enfermedad, con continuos altibajos en su salud. En sus últimos años de vida, su estado le impedía moverse y Yourcenar renunció a su pasión por viajar para cuidar de Grace, que murió en 1979. |
| SU TRAYECTORIA LITERARIA |
Su primera obra fue un drama en verso titulado El jardín de las quimeras, escrito cuando contaba diecisiete años de edad, y cuya edición corrió a cargo de su padre. Padre e hija eligen juntos su seudónimo, Yourcenar, que es un anagrama del apellido. Tras este primer libro, publicó otro, Los dioses no han muerto que, como el primero, rechazaría posteriormente y prohibiría reeditar. Su primera obra publicada por una auténtica editorial fue Alexis o el Tratado del inútil combate (1929), escrita cuando tenía veinticuatro años. Es una carta de ruptura dirigida a una mujer por su esposo que confiesa preferir a los hombres. Un relato de un doloroso e "inutil combate" contra las propias inclinaciones.
Lo siguiente será una biografía novelada de Píndaro de la que nunca se sintió satisfecha. Tras una larga estancia en Italia publica El denario del sueño, ambientada en los años del ascenso del fascismo. Después escribe dos excepcionales libros de relatos: Fuegos (1936), poema en prosa que mezcla la vida y los símbolos del amor absoluto con la evocación de los grandes mitos de Antígona, Fedra o María Magdalena y Cuentos orientales (1938), que reúne piezas muy bellas de inspiración oriental.
Tras su incursión en el relato breve regresa a la novela con El tiro de gracia, ambientada en los Balcanes en los años posteriores a la Primera Guerra Mundial.
En 1939, su vida da un brusco giro, a imagen de esa Europa que se agita.
Es un período negro en lo que a su obra literaria se refiere, hasta que el azar le hace un regalo el 24 de enero del 1949 en que recibe la maleta extraviada diez años antes al marcharse de Europa. Entre los papeles que contiene esa maleta está el primer borrador del libro sobre el emperador Adriano, que Marguerite vuelve a retomar con entusiasmo. En unos meses reescribe las memorias de este sabio soberano que favoreció las artes y mejoró la condición de los esclavos. Memorias de Adriano fue publicada en 1951, con un éxito insospechado tanto en Francia como en el mundo entero.
Después de varias piezas teatrales menores y algunos ensayos breves, Yourcenar hace una nueva incursión novelística en el pasado con Pus nigrum, publicada en 1968. En esta ocasión la época elegida es el Renacimiento y se trata de la biografía de un alquimista, basada en personajes históricos como Paracelso.
En 1981 Yourcenar tiene el honor de ser la primera mujer admitida en la Academia Francesa y al año siguiente goza del raro privilegio de ser uno de los pocos autores que entran en vida en la prestigiosa colección La Pléiade de Gallimard. En estos años se desarrolla su última etapa literaria, en la que escribe la trilogía titulada genéricamente El laberinto del mundo, compuesta por Recordatorios, Los archivos del norte, y ¿Qué?, la eternidad, que deja inacabado y aparece póstumamente. Los tres tomos están inspirados en su propia vida, remontándose en el primero a la familia materna, el segundo a la familia de su padre, y el tercero a su propia infancia y juventud.
En 1982 -cinco años antes de su muerte-, la académica descubrirá el Oriente en compañía de un joven de 30 años, Jerry Wilson, quien se convertirá en su compañero de viajes, después que ella ha perdido a su secretaria, excelente traductora y compañera de vida, Grace Frick, y a quien dedica tal vez la criatura yourcenariana que va más lejos en el camino de la sabiduría: Nathanael, uno de sus últimos personajes, en Un hombre oscuro. Había ya publicado Yourcenar, dos años atrás, Mishima o la visión del vacío, y había comenzado la traducción la obra de Mishima, del japonés al francés, en colaboración con Jun Shiragi. Una serie de crónicas, resultado de este primer gran viaje a Oriente, se publicarán en Una vuelta por mi cárcel.
|
| SU VISIÓN DE LA VIDA |
En Con los ojos abiertos (1980), basado en varias entrevistas a Matthieu Galey, afirma Yourcenar:
"Tengo varias religiones, como tengo varias patrias, de manera que en cierto sentido no pertenezco quizás a ninguna. No pienso por cierto en renegar del Hombre que ha dicho que aquellos que tengan hambre de fe y de justicia serán saciados (en otro mundo, con seguridad, porque en el nuestro no es verdad), pero menos renuncio a la sabiduría taoísta, parecida a un agua límpida, unas veces clara, otras oscura, bajo la cual se descubre el trasfondo de las cosas. Estoy agradecida por lo precioso que me han enseñado sobre mí misma, y en la medida en que he emprendido y proseguido el estudio, al tantrismo, y a sus métodos casi fisiológicos para despertar las fuerzas del espíritu y del cuerpo, y al zen, esa espada centelleante. Sobre todo, permanezco profundamente ligada al conocimiento budista, estudiado a través de diferentes escuelas que, como las diferentes sectas cristianas, me parecen menos contradecirse que completarse.
No sólo su compasión por todo ser viviente amplía nuestras nociones, muchas veces mezquinas, de la caridad; no sólo, como los presocráticos, vuelve a poner al hombre, pasajero, en un universo que pasa, sino que además, como Sócrates (y confiándose, por supuesto), nos pone en guardia contra las especulaciones metafísicas ambiciosas, para incitarnos, sobre todo a conocernos mejor y, como las filosofías modernas consideradas más audaces, insiste en la necesidad de depender sólo de nosotros mismos: "Sed una lámpara para vosotros mismos..."
|
|
|
|