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No estaba en absoluto prohibido abandonar la ciudad-laberinto. Al
contrario, quien lo lograba era mirado como un heroe, un bienaventurado
y su leyenda era contada durante mucho tiempo. Pero eso solo les estaba
reservado a los dichosos. Las leyes a que estaban sometidos todos los
habituales del laberinto eran paradojicas, pero inmutables. Una de las
mas importantes decia: solo quien abandona el laberinto puede ser dichoso,
pero solo quien es dichoso puede escapar de el. Pero los dichosos eran
raros en los milenios.
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El que estaba dispuesto a intentarlo, tenia que
someterse antes a una prueba. Si no la superaba, no era castigado el, sino
su maestro, y el castigo era duro y cruel.
El rostro de su padre habia estado muy serio cuando le dijo: Esta clase de
alas unicamente sostiene al que es ligero. Pero solo hace ligero la
felicidad. Despues habia escudriñado largamente a su hijo y preguntado
por fin: ¿Eres feliz?, si padre, soy feliz, habia sido su respuesta.
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